La Página de DriverOp

El amor.

Por Alan Escolà.

El amor nos ha brindado la poesía; el amor ha creado el arte, la locura, ha hecho del mundo lo que es y de los mitos lo que no son. Existe como un todo indivisible y único, y solo se distingue por el grado de obsesión que ejerce sobre un sujeto y por el destinatario al que va dirigido. Obstinado, diríase con un instinto de supervivencia tan desarrollado como el que se atribuye a cualquier otra forma de vida, se empeña en avanzar paralelo al camino de la humanidad como una suerte de parásito simbiótico.

Es la droga por excelencia. Intangible, egoísta, se preocupa solo de sí mismo. Es el motor de la máquina de la guerra, el padre de la justicia y el ángel custodio del miedo. La más extraña de las dolencias de la mente, sin lugar a dudas.

En el fondo, todos sabemos que no nos hace bien, pero es un truhán que sabe engatusar, vaya que sí.

Podríamos imaginárnoslo como esa encarnación de Lucifer que interpretaba Al Pacino en aquella película. Serio, falsamente amable, absolutamente encantador. Un buen día se sienta a tu lado y te dice aquello de: “no te preocupes, amigo, esta vez te va a salir bien, tienes mi palabra”. Y le creemos. Ya amemos a una mujer, al jazz o a nosotros mismos, entramos en el círculo y como ratones enloquecidos, empezamos a corretear esperando llegar a alguna parte sin apercibirnos de que nos movemos en el interior de una ciclópea rueda.

“Esta vez sí”, nos repetimos a nosotros mismos. Sin embargo, no hay lugar a dónde ir. Alcanzar el horizonte no es un objetivo que pueda lograrse. Cuando amas, aspiras a amar más, como necesidad natural. El horizonte que se vislumbra a lo lejos se mueve a nuestro mismo paso. Nunca irás lo suficientemente rápido.

No existe la historia de amor con final feliz, como tampoco existe antídoto o método de protección. La próxima vez que el truhán se siente a tu lado, dile: “!Cuánto tiempo sin vernos, viejo! Hoy no vas a convencerme, juegas con cartas marcadas, maldito embustero”. Y posiblemente se encogerá de hombros y te responderá: “!Ah! Disculpa, lo de la última vez fue un pequeño error por mi parte, pero tengo justamente lo que necesitas…”. Quizá te invite a una copa, y luego, casi sin poder creerlo, te oirás a ti mismo diciendo: “Está bien, pero juego otra y me retiro”.

Por Alan Escolà,